
Al principio creíste que con portarte bien y no hacer ruido bastaría. Unir el crecimiento a la obediencia debería protegerte; tu expediente académico correcto y mediocre te ayudaría -pensabas- a sobrevolar las alimañas del trabajo. No fue así. El mercado laboral te pasó por encima, y tantos años de agachar la cabeza no te libraron del clásico frustrado que intenta vadear sus miserias pisando al más débil, y el más débil eras tú. Supiste esquivar al monstruo entrando en política. Volviste a obedecer y te fue bien durante una temporada. Pero el amo tenía otros perros que encontraban antes el palo, perfectos inútiles que jamás podrían hacer sombra a sus superiores, imbéciles de gran utilidad para que el reparto de poder no cambiase de manos aunque cambiase de nombres. Y así estabas, otra vez en fuera de juego y con las alas cortadas. Aunque ahora tenías suficientes apoyos e información para -de no poder hacer una carrera en el partido digna de tal nombre- jugar la baza de las comisiones, los maletines, el blanqueo de dinero y el trapicheo de influencias al postor de turno. Era un camino lógico y torpe, siempre varios pasos por detrás del flautista. De un trabajo mal pagado a la degeneración del aparato político, y de ahí al delito de turno, siempre huyendo en silencio y buscando resguardo. Este último parecía tu sitio natural; estabas cómodo llevándote lo tuyo, casi no te hacía falta intrigar. Era un cargo diseñado a tu medida, dado que en tu ámbito cercano, tanto los más válidos como los más lerdos habían despegado ya hacia el Congreso, o tenían una reserva espiritual de escrúpulos que impedía pensar siquiera en robar contigo. Tan tranquilo estabas allí, en tu tierra de nadie, cuando volvieron a cambiarte el paso; también es mala suerte. Y ahora te ves entre rejas, tú, que nunca fuiste por ahí pisando al personal, ni diste una mala contestación; ni una mala mirada, ante la continua humillación de tu vida. Pero así funciona este tinglado, a veces hay que darle trabajo a la justicia, y el pueblo agradece estas dosis de carnaza, que demuestran patentemente la eficacia de nuestro sistema, que castiga siempre al delincuente de manera eficaz y ejemplarizante. Niños, no robéis, si no tenéis cuidado podéis terminar como el señor concejal.

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