
Sentía la necesidad de contarle muchas cosas al mundo; el problema era la boca. Para su desgracia, tenía una boca que sólo podía hablar hacia dentro. Todas sus palabras no tenían más receptor que él mismo. Eran sonidos recorriendo el paladar como grullas en una bóveda, buscando inútilmente la salida. Semejante mal causaba ciertas frustraciones y hundimiento de la propia estima, mientras crecían las ganas de comunicar los descubrimientos del día a día, (y también algún que otro cotilleo, que no siempre es todo tan sublime como sugiere el misterio). Los conocedores de su desgracia lo miraban con tristeza, sinceramente apenados por aquel amante del aspaviento y la gesticulación exagerada. Quienes, ignorando su desgracia, se lo encontraban por la calle solían esquivarlo sin más, temerosos de un hombre que intentaba hablar y comer a la vez.
Pero un buen día las grullas abrieron hueco, sometiendo finalmente aquella plaza hostil. Y así, igual que había hablado hacia dentro, empezó a hablar hacia fuera como las personas; en su caso como las personas enfermas, que dejan atrás la cordura para cantar extrañas glorias, romances medievales mezclados con descripciones sobre la lactancia del percebe, salpimentadas sobre lecho de idiomas ficticios en campo de gules. Algo imposible de entender para nadie que no perteneciese a su familia, cuyos miembros lo comprendieron tanto y tan cariñosamente, que aprovecharon su flamante verborrea para internarlo en el manicomio, dícese que por cosa de la herencia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario