
Saludaba siempre como por inercia, pero sin rematar el gesto. Era como si en aquel ademán -a todas luces respetuoso y elegante- hubiese un doble fondo, un porcentaje invisible del todo, cuyo contenido se nos escapaba, pobres receptores de su cortesía como éramos. Ese hueco que intuíamos en aquel entorno tan sólido, nos llevaba a fantasear sobre su función, despreciando nuestra incapacidad para la resolución de semejante misterio. Así, cualquier día después de una de aquellas educadas fórmulas, resolvíamos que venía de casa de alguna o algún amante, de repartir con sus compinches el fruto del robo más audaz de la época, de jugarse en bolsa una fortuna cuyo origen se nos escapaba, de llevar cartas de amor o información secreta para ese político adúltero o corrupto que todos conocíamos, y así tantas y tantas suposiciones que no llevaban a ninguna parte. Hasta tal punto nos obsesionamos con todo esto, que más de un día le seguimos hasta más allá de lo prudente, sin sacar el menor fruto de aquellas pesquisas. Todo era de una normalidad miserable y es triste constatarlo, convencidos como estábamos de que aquel hombre ocultaba algo.
Un buen día desapareció sin hacer ruido. Durante semanas le inventamos todo tipo de huidas, más o menos coherentes con las hipótesis anteriores que manejábamos. Poco a poco fuimos olvidando su historia, según rellenamos nuestros ocios con arcanos semejantes, igualmente hijos del aburrimiento.

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