sábado, 24 de enero de 2009

aunque ese amor merezca mejor destino



 Quisimos que lo nuestro durase para siempre, llegar al epicentro de la felicidad y hacerlo nuestro hogar. Queríamos ser la encarnación del amor hasta el fin de los días. Y desgraciadamente se nos logró.

 Ahora vivimos en un estado de tensión perpetua. Buscamos cualquier asomo de rutina para darle caza, sentirnos satisfechos por ello y volver a acechar al siguiente. Tú quizá esperes que mis ratos de ocio se llenen de bar y fútbol. Yo temo que todos los domingos y festivos me deporten a casa de tu madre. Quizá nos equivoquemos, y sean otras pesadillas las que sometan nuestra hermosa realidad. O quizá nunca pase nada; nada perturbará nuestra felicidad, más allá de esta angustia permanente, de haber llegado al máximo y saber que a partir de ahí sólo podemos bajar, o -peor aún- mantenernos como ahora, ahora y siempre. 

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