
Llevaban unos tres cuartos de hora de entrevista cuando el empresario del año empezó a regurgitar las claves del su éxito:
Siempre -y esto está fuera de toda duda- hay que ir con paso firme, se dedique uno a lo que se dedique. Eso es lo fundamental. Con paso firme empecé a pisarle los talones a mi primer gran rival en el sector, y tambien a superarle. Llegar hasta allí fue cansado, la falta de experiencia ralentiza demasiado las marchas. Al principio, como en todo, los sacrificios nos parecen mayores y más traumáticos de lo que son en realidad; tiene uno cierta inocencia juvenil, llamémoslo romanticismo o tontería, que debe desterrar si no quiere ser pasto de las alimañas.
Allí estaba yo, como decía, pisándole el calcañar al tal señor digamos X. Yo veía que me estancaba, que la cosa no avanzaba mucho ni poco ni nada. Esto, lógicamente, me generaba una gran frustración. No sabía cómo avanzar, trabajaba a destajo y luego era incapaz de dormir; demasiada tensión improductiva.
Hasta que descubrí que había algo que me lastraba. Eran mis principios. Se habían incrustado en lo más elevado de mi mente, y empezaban a crear una costra improductiva. No me costó mucho encontrar una razón -habrá quien prefiera la palabra excusa- para extirparlos, y ubicarlos al instante en su lugar natural: a ras de suelo. Una vez fijados a la suela del zapato, logré por fín pisar los talones de mi competidor hasta rompérselos -pobre-, y seguir trepando por las corvas y las nalgas hasta romperle la columna, lo que me facilitó poder pisarle la cabeza para siempre, y dejarle sepultado bajo su propia sangre.
El resto han sido esencialmente repeticiones de aquella primera escalada. Hoy, puedo afirmar orgulloso, que piso a diario a cientos de trabajadores con sus correspondientes familias, me limpio el culo con la selva amazónica y políticos de todo signo me besan los pies. Nada ha cambiado en lo esencial. Aquel joven ambicioso, que empezó a construir un imperio reciclando sus propios escrúpulos en una masa informe de sufrimiento y explotación ajenos, es hoy una próspera realidad patria, que exporta miseria a las cuatro esquinas del mundo. ¿Seguiré con mis diversas industrias hasta que en las Islas Caimán mis billetes le ganen terreno a la costa? ¿Venderé mis acciones a alguna multinacional extranjera, de esas que llevan las fábricas a paraísos de la explotación infantil?¿Batiré mis propias marcas de muertos por accidente laboral? Todo depende. A estas alturas de la vida, mis límites los marca únicamente el aburrimiento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario