
Como tu verdad. Como que sueñas con terminar de hundirte, para creer que después podrías, poco a poco, levantarte. Pero te engañas si crees que tu desplome es vertical, y lo que llamas caer no es más que girar alrededor del mismo punto, por lo que nunca podrás parar a tomar impulso desde abajo, ya que no tienes abajo ni arriba. Te gusta mirarme con desprecio. Quisieras poder culparme del todo, o clavarme al menos una parte de tu propio cepo. A veces me ves como un escalón; otras entiendes que nunca nos hemos necesitado, que ya no nos tendremos y en cualquier caso da lo mismo. Quizá porque nunca quieras salir. Tal vez porque, si lo intentas no será ya sobre mi cadáver, ni -más ingenuamente- sobre mi hombro. Y mientras sigues ahí leyendo yo estoy ya lejos, muy lejos de la persona que escribió esas líneas, y lo que ahora supones mis palabras son el relleno desparramado de un muñeco que se despide. Puedes jugar con él si quieres, mandarle a por tabaco, y hasta amagar nuevos planes de rutina mientras haces malabares con las letras de adiós. He dicho que no estoy.

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