
Pudiste ser protagonista de tu vida pero preferiste otro tipo de papeles, menos arriesgados en apariencia. El trabajo sucio es a veces el más apacible. Eres uno de esos tantísimos extras, tan serios ellos, que cumplen hipoteca perpetua en la superproducción de tu banco. Prescindible es también el secundario que encarnas -inmejorablemente mal pagado- en la película de tu empresa. Es como frustrante. A veces te dices que merecías mejor destino, pero tampoco haces nada por mejorarlo; tranquilo en tu incómoda tierra de nadie, instalado en lo apacible de una infelicidad garantizada por la inacción, quizá quieras culpar al mundo por conformarte con ser espectador de tu miseria.
Aunque el mundo no te obligó al camino correcto. Tuviste la posibilidad de escribir tu guión, pero escogiste interpretar el de otro; y acertaste en una cosa: era un texto escrito para alguien como tú. El problema de esta función es el reparto de beneficios. La comodidad de seguir el dictado ajeno es adictiva, fácil y exenta de responsabilidades, pero el fruto en esta obra lo recoge el compositor, mientras el intérprete disfruta de la seguridad del carril que le han marcado.
Tu personaje de adulto aburrido mató al niño que no te permites ser. Ya no recuerdas la última vez que hiciste algo creativo, estás programado para marcar alegre el paso que te manden. La meta es el siguiente objeto, la próxima posesión. Siempre debe haber una maravilla tras la que correr, un punto fijo de ilusión efímera que, una vez logrado, nos demuestre otra vez el vacío, que sólo podrá ser cubierto -un momento- por la siguiente conquista y así para siempre.
Quizá te consuele el ganador del Premio al mejor actor. Obviamente, nunca va a ser para ti. Se lo van a dar a otro compañero de redil. La función del perro del pastor es más necesaria que la tuya . Se le reconoce su aportación estupefaciente al engranaje, para que las piezas menores no se salgan del sitio. Aparece por sistema -bajo cualquier forma de entretenimiento intrascendente- en casi todas tus conversaciones. De vez en cuando incluso brindes por él, con sincera admiración.
Y sí, es una interpretación vulgar la tuya. Sin embargo es tu elección, y como tal se respeta. ¿Quieres llamar vida a lo que es, en realidad, ser vivido? Hazlo, pero no te extrañe si las carcajadas suenan en un momento que no esperabas. Pudiste ser payaso, trapecista o elefante; no quisiste lanzar el cuchillo por si acaso acertabas. Eres el muñeco triste de un ventrílocuo que no te ama. ¿Quieres culpar a la suerte? No la tiene mala el que no arriesga, y tampoco el que lo hace y pierde, pues no hay mejor profesor que el fracaso. ¿Te parezco un crítico feroz? No podría serlo más contigo que conmigo, incapaz de olvidar que soy tú.

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