viernes, 23 de enero de 2009

ese vecino al que amamos sinceramente



Por fin, Querida, después de tantos meses vamos a conocernos personalmente. Y a pesar del afecto mutuo que revela nuestra correspondencia, mi espíritu -como el tuyo-  anhela siempre el contacto personal con el pájaro que en la misma dirección vuela; ese deshojar los matices de una risa, sabiendo vivir en primavera durante cualquier estación del año...

 Para mí también son días de muchos nervios, de estar siempre en amable tensión; y eso teniendo en cuenta las facilidades que siempre me has dado, con tu comprensión y empatía, bailando con gracia sobre el abismo generacional que amenazaba con separarnos tú, que casi podrías ser mi hija, me has dado lecciones sin precio sobre la grandeza del alma humana. Espero poder siquiera acercarme mínimamente a tu altura, aunque soy feliz sabedor de que, en caso contrario, siempre habrá una palabra amable, un hálito de serenidad por el que seguir ascendiendo hasta ti.

 Me preguntas en tu última carta sobre mi aspecto, ilusionada supongo con alguna esperanza de gallardía en mi porte. Quizá el día de la cita esperes algún signo exterior de saludo y complicidad, como un tulipán en la solapa o alguna chistera de la que salga un ramillete de flores vistosas. Mas conociendo como conozco tu desapego de la superficialidad exterior, siempre derrotada por tu conocimiento profundo de las interioridades del ser, no quisiera brindarte una estampa externa de mi semblante. Prefiero corresponder a tu sana sinceridad con una descripción más espiritual, acorde al momento mágico en que nos veamos: Me reconocerás por mi torvo mirar y mis aviesas intenciones. Sabrás leer en mi cuchillo, las claves de nuestro amor.    

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